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El estrés, un compañero

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El estrés es un compañero inseparable, nos acompaña en cada momento de la vida.

En este momento, al estar leyendo este artículo estás experimentando algo de estrés. En tu cuerpo existe otro mundo. El cerebro trabaja sin cesar, siempre tiene una tarea que realizar.

Por ello, todos y todas experimentamos algo de estrés de forma constante, dado que siempre estamos añadiendo un tema a la lista de tareas.

Contrariamente a lo que las personas suelen pensar, el estrés no es siempre perjudicial, es una fuente de motivación, que le añade esa pimienta a la vida. En este sentido, podemos ver que los deportistas de élite en los entrenamientos obtienen buenas marcas, pero el récord lo marcan en la competición, el estrés los estimula de tal forma que dan lo mejor de si.

El estrés se podría representar con dos símbolos, uno positivo y otro negativo. Para su cara positiva, podríamos utilizar el símbolo de la oportunidad. En cuanto a la negativa habría que utilizar el símbolo del peligro.

Por ello, cada vez que nos enfrentamos a un problema, tenemos la posibilidad de encontrar un crecimiento personal, profesional o académico. En cambio, si solo vemos su cara negativa solo vamos a percibir peligro.

El estrés es una respuesta principalmente física, sería bueno que nos familiarizáramos con sus síntomas. Para ello, vamos a poner un ejemplo.

Vamos a suponer que estás haciendo una ruta por el campo, de repente, y sin saber cómo, te encuentras de frente con un oso, este se pone de pie y comienza a emitir gruñidos.

En ese momento en nuestro cuerpo se producen una serie de cambios rápidos. La respuesta natural que tenemos es la de “lucha o huida”, es la forma de protegernos del peligro. Es una respuesta automática y que viene de serie con nosotros o nosotras.

Presenta los siguientes cambios: Al darnos cuenta de la presencia del oso, nuestro cerebro ordena una descarga de adrenalina (una hormona y un neurotransmisor, vamos, como una gasolina), lo que hace en nuestro cuerpo es provocar una serie de cambios.

Nuestras pupilas se dilatan para agudizar la visión, nuestra boca se queda seca, para no aportar más fluidos al estómago, con lo que se interrumpe de forma provisional nuestra digestión, eso hace que dispongamos de más sangre en el cerebro y la musculatura.

Los músculos del cuello y de los hombros se tensan, lo que nos prepara para la acción. Unos músculos tensados aguantan mejor los golpes. Nos ponemos a respirar mucho más rápido, y nuestro corazón aumenta el número de latidos, con ello tenemos más oxígeno en las distintas partes de nuestro cuerpo.

También aumenta la sudoración, que tiene como fin regular nuestra temperatura corporal.  El hígado libera glucosa (azúcar) para tener más energía.  Por si tuviéramos una herida, nuestro bazo libera unas sustancias químicas que hacen que la sangre se pueda coagular antes (la sangre deja de ser tan líquida y se convierte en gel).

Todas estas respuestas que acabamos de relatar, se producen en episodios de nuestra vida cotidiana, como por ejemplo cuando estamos en medio de un atasco de tráfico, o cuando nuestro jefe/a tiene mal humor.

En nuestros días pagamos un precio alto por la mala gestión que tenemos del estrés. Esto ocurre porque nos vemos en situaciones de estrés que no podemos resolver de forma directa. Siguiendo con el ejemplo de nuestro jefe/a, no huimos o le pegamos cuando nos irrita.

Por ello, no liberamos la tensión física que se ha producido por los cambios fisiológicos, sufriendo de forma directa una serie de síntomas como son:

Una visión borrosa por tener las pupilas dilatadas, la sequedad en la boca provoca dificultad para tragar, las interrupciones frecuentes de la digestión, esto nos puede provocar diarreas y la aparición de úlceras. El estar de forma continua con una tensión muscular, nos puede producir dolores corporales. El tener una respiración acelerada y poco profunda de forma continua nos puede provocar asma. El aumento de forma constante de la presión arterial, nos puede llevar a un estado permanente de presión arterial elevada.

Por otro lado, quizás te sorprendas al saber que la respuesta de nuestro cuerpo es la misma ante estímulos placenteros como desagradables. Responde de la misma forma cuando te dan un ascenso profesional, como cuando te despiden de tú trabajo. Lo que cambia en ambas circunstancias es la interpretación que hacemos de ellas. Una gestión poco o nada adecuada que hagamos del estrés, podrá provocarnos una serie de problemas.

Además, la respuesta al estrés va a venir determinada por una serie de factores como tener una constitución genética fuerte y saludable, ausencia de enfermedades heredadas (como las del corazón y del cerebro), ante ellas podemos hacer poca cosa.

Otro factor importante es la forma en que nuestros padres y madres se han enfrentado al estrés (de forma deliberada o no). Esto puede determinar la forma en que tú respondes a los enfados cotidianos. Aunque no seamos calcados a nuestros padres y madres, estamos condicionados por su personalidad y sus actitudes. También influyen tus expectativas, actitudes y creencias actuales.

Para poder enfrentarnos al estrés que nos causa malestar, es preciso saber los signos que lo anuncian. Cuando estés familiarizado podrás evitar que se conviertan en síntomas permanentes. Los signos comprenden cinco clases: espiritual, social, emocional, mental y física. Por otro lado, suelen influir unos en los otros.

Lo que coloquialmente llamamos situaciones estresantes, son cualquier cosa que marcamos como un reto.

Por ello, lo que sucede en realidad es la respuesta que nosotros damos ante ese acontecimiento, provocándonos la sensación de tensión y ansiedad.

Puesto que la percepción del suceso se encuentra ligada a nuestras actitudes, expectativas y creencias. Con ellas hacemos una interpretación del acontecimiento, y le otorgamos un significado.

Bibliografía consultada:

Rowshan, A., y Borja, F. (1999). El estrés: técnicas positivas para atenuarlo y asumir el control de tu vida.

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